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.: LUNES 28 :.
Tema de fondo:
"Etica cristiana, humanismo integral y desarrollo solidario"
Expositor:
Mons. Giampaolo Crepaldi.
Secretario del Pontificio Consejo "Justicia y Paz".

Representante del Papa en Costa Rica

Iglesia combate pobreza e inequidad

La ética cristiana está comprometida con la Solidaridad

San José, Costa Rica

“En la línea temática de esta Semana Social, una tarea importante es la que se refiere a la promoción y defensa de los derechos humanos por parte de la Iglesia”. Así de claro fue el mensaje del arzobispo Giampaolo Crepaldi, representante de El Vaticano ante temas como pobreza y derechos humanos, por ser secretario del Consejo Pontificio “Justicia y Paz”. Monseñor Crepaldi inauguró la Segunda Semana Social de la Arquidiócesis de San José, que se realiza en Costa Rica del 28 de agosto al 1 de setiembre.
“Creo que hoy existe la necesidad de dar un paso adelante en el frente de los derechos humanos. Un paso valiente, porque va en la dirección contraria a tantos otros modos de pensar, hoy tan difundidos. Este paso consiste en reafirmar que los derechos deben ser precedidos por los deberes. Los derechos no son un fin en sí mismos, se justifican para la realización de una tarea solidaria que hay que llevar adelante.

“La solidaridad está primero que los derechos individuales y les da fundamento: los derechos no deben ser considerados como bienes subjetivos que hay que gozar privadamente, sino como el reconocimiento de talentos que se deben poner a disposición de un proyecto común, asumido como un deber. La doctrina social nos recuerda, por ejemplo, que la propiedad privada tiene una hipoteca social. Nos dice también –sólo por poner otro ejemplo– que los espacios de creatividad de las personas y de la sociedad civil, reivindicados en virtud del principio de subsidiaridad, deben ser utilizados para la solidaridad, no para fines egoístas. La libertad misma, que hoy se reivindica con tanta insistencia, no es un fin en sí misma, sino para el compromiso en favor del bien.

Estrechamente vinculado con el derecho a la vida se encuentra un reconocimiento pleno de la familia. Todos Ustedes son perfectamente conscientes que la familia natural, monogámica y estable, como se concibe en el designio divino y santificada por el cristianismo, vive hoy momentos difíciles debido a los múltiples ataques a los que se ve sometida, desde diversas partes. }

“Por otra parte, un humanismo integral y solidario requiere la promoción del derecho al desarrollo. Son sobre todo los países más pobres y necesitados que esperan la plena realización de este derecho, conscientes que –según la conocida definición de la encíclica Popolorum Progressio de Pablo VI– «el desarrollo es el nuevo nombre de la paz». Derecho al desarrollo significa hoy combate a la pobreza y a las desigualdades. Hoy en nuestro mundo, demasiadas personas viven una vida sin esperanza, con escasas posibilidades de realizar un futuro mejor para sí mismas, para sus hijos y para las futuras generaciones .

En esta perspectiva se coloca la cuestión, tan actual y tan debatida, sobre el valor que hay que dar al mercado o, para ser más precisos, sobre la regulación del mercado y sobre quién debe regular el mercado.

En primer lugar, el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia Católica reafirma la enseñanza que el mercado debe ser regulado, porque no es justo que todos los bienes pasen por él. La persona humana no puede ser objeto de mercado. En segundo lugar porque existen necesidades que el mercado no puede satisfacer. En tercer lugar porque existen personas que no logran, por carencias congénitas, por pobreza o por privaciones vividas durante su vida, a acceder a los bienes necesarios. En cuarto lugar porque existen bienes que pertenecen a todos y que es bueno que permanezcan de todos (cf. Compendio, nn. 347-350).

¿Quién debe regular el mercado?

“Estamos ya todos convencidos que la regulación del mercado corresponda a diversos sujetos. El mercado debe ser regulado, en primer lugar, por sus mismas reglas: transparencia, conocimiento, confianza, competencia leal, democracia económica (cf. Compendio, n. 347). Luego, la ética de los empresarios y operadores económicos es determinante para la regulación del mercado (cf. Compendio, n. 342-344), porque la situación actual «induce a las empresas a asumir responsabilidades nuevas y mayores con respecto al pasado» (Compendio, n. 342). En tercer lugar, la cultura y la tradición de un pueblo contribuyen a regular el mercado. Éstas comprenden obviamente la religión. El mercado vive siempre dentro de una cultura, el mercado en estado puro, como un mero hecho técnico, no existe: los vínculos sociales de solidaridad, los modelos de comportamiento son de vital importancia para dar un alma al mercado (cf. Compendio, nn. 349-350). En cuarto lugar, el mercado se regula también por el conflicto legítimo de las partes sociales, por la asociación en sus diversas categorías y por los sindicatos que reivindican democráticamente el respeto de los derechos de los trabajadores. Un sano conflicto social no ha sido nunca condenado por la Iglesia que, más bien, lo ve como un factor de progreso con tal que jamás sea un conflicto violento e ideológico (cf. Compendio, n. 306). En quinto lugar, el mercado es regulado por la sociedad civil: por las asociaciones de consumidores, por la escuela, por las familias, por la opinión pública (cf. Compendio, nn. 356-357). En fin, los organismos económicos y financieros internacionales son factores reguladores del mercado cuando logran su objetivo, el cual consiste precisamente en dar al mercado reglas justas, favoreciendo la democracia económica (cf. Compendio, nn. 370-372).

Todos estos factores, junto con la autoridad política, contribuyen a regular el mercado (cf. Compendio, nn. 351-355). Como podemos apreciar, el problema del mercado es un problema de governance, es decir, de orientación dinámica y regulación por parte de varios sujetos que deben integrarse entre sí según los principios de solidaridad y subsidiaridad. Creo poder afirmar que, en nuestra época globalizada, estos factores se están casi imponiendo con nueva fuerza y que no es posible ya eludir la urgencia de su coordinación en vistas a un orden económico éticamente orientado al servicio de la persona y a la realización del derecho al desarrollo.

Por otra parte, Un humanismo integral y solidario pide a los cristianos una colaboración inteligente y activa en la construcción de la comunidad política y de la democracia conforme a las exigencias del respeto de la dignidad de la persona humana. El Compendio afirma que la primera contribución que la Iglesia ofrece a la comunidad política es de tipo religioso, en conformidad con su misión, ella conserva y promueve en la conciencia común el sentido de la trascendente dignidad de la persona humana.

Y un humanismo integral y solidario solicita una buena relación con la naturaleza. El Compendio toca este tema –con equilibrio y sabiduría– en el capítulo sobre la salvaguardia del medio ambiente. El punto clave propuesto por el Compendio es el siguiente: la acción humana con relación a la naturaleza debe ser orientada éticamente.

La posición del Papa

El Santo Padre Benedicto XVI, en su encíclica Deus caritas est afirma que la tarea de la Iglesia, con su doctrina social, en la construcción de un orden social justo , es despertar las fuerzas espirituales y morales. ¿A cuáles fuerzas se refiere el Santo Padre? Escuchemos lo que nos dice: «El deber inmediato de actuar en favor de un orden justo en la sociedad es... propio de los fieles laicos. Como ciudadanos del Estado, están llamados a participar en primera persona en la vida pública. Por tanto, no pueden eximirse de la “multiforme y variada acción económica, social, legislativa, administrativa y cultural, destinada a promover orgánica e institucionalmente el bien común”. La misión de los fieles es, por tanto, configurar rectamente la vida social, respetando su legítima autonomía y cooperando con los otros ciudadanos según las respectivas competencias y bajo su propia responsabilidad. Aunque las manifestaciones de la caridad eclesial nunca pueden confundirse con la actividad del Estado, sigue siendo verdad que la caridad debe animar toda la existencia de los fieles laicos y, por tanto, su actividad política, vivida como “caridad social”» (n. 29). Cumpliendo con las diversas exigencias que entraña su ámbito particular de compromiso, los fieles laicos expresan la verdad de su fe y, al mismo tiempo, la verdad de la doctrina social de la Iglesia, que encuentra su realización plena cuando es vivida en términos concretos para la solución de los problemas sociales. Efectivamente, la credibilidad misma de la doctrina social se halla en el testimonio de las obras, antes que en su coherencia y lógica internas.

No es por casualidad que el Compendio de la doctrina social de la Iglesia comienza precisamente con un capítulo titulado: El designio de amor de Dios para la humanidad y termina con un capítulo conclusivo que lleva por título: Hacia una civilización del amor. Muchas gracias.

S.E. Mons. Giampalo Crepaldi
Secretario del Pontificio Consejo «Justicia y Paz»


San José de Costa Rica, 29 de agosto de 2006.

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