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.: MIERCOLES 30:.
Tema de fondo:
"El ejercicio ético de la función pública en los Poderes del Estado: Legislativo, Ejecutivo y Judicial"
Expositor:
Excmo. Mons. Vittorino Girardi.
Obispo de la Diócesis de Tilarán, Costa Rica..

Miércoles 30 de Agosto del 2006
Iglesia Católica habla de la politiquería y otros temas afines

A la luz de la ética cristiana

Monseñor Victorino Girardi, obispo de Tilarán, habla de los temas comunes y corrientes de la política en el marco de la Segunda Semana Social de la Arquidiócesis de San José. He aquí un resumen de sus posiciones.

Papa León XIII (1878 – 1903). “El derecho de constituir un Gobierno, que proviene de Dios, no está vinculado a una especial forma o sistema de Gobierno, es decir, no implica necesariamente el sistema monárquico o republicano, un estado democrático o autocrático, una oligarquía o una aristocracia. Sólo una cosa es necesaria, a saber, que el tipo de Gobierno que se escoja, asegure el bien común” .

Pío XII (1939 – 1958) Hacia el final de la segunda guerra mundial, dijo, “Los desastres de la guerra hubiesen podido ser evitados si los pueblos hubiesen tenido la posibilidad de criticar a las Autoridades estatales y de insistir en el cambio de sus actitudes y modo de gobierno” . “La forma democrática de gobierno, a muchos les parece un principio natural impuesto por la misma Naturaleza, con tal que se tengan en cuenta las diferencias y las características propias de los deberes de los ciudadanos” .

Consideraba la forma democrática como una consecuencia del reconocimiento de la dignidad de la persona humana. Esta lejos de ser objeto y elemento pasivo de la vida social, por el contrario está llamada a ser y permanecer, su sujeto, su fundamento y su fin. Con estas afirmaciones el Papa no quería decir que otras formas de gobierno fueran contrarias a la naturaleza, sino que la forma democrática es la que corresponde más que cualquier otra a la naturaleza humana.

La democracia es un sistema realizable, pero a la vez representa una “utopía”, es decir, un ideal que siempre queda más allá de nuestra realización histórica, limitada y defectuosa, particularmente en lo que corresponde a la “participación igualitaria”.

Juan Pablo II en su Centesimus Annus: “La Iglesia como Institución no hace suyo ningún sistema político. Sin embargo ha manifestado su preferencia por el sistema democrático en cuanto que éste asegura la participación de los ciudadanos en las opciones políticas” .

Juan Pablo II, en su primera y programática encíclica, la Redemptor Hominis, nos ha sorprendido con una afirmación que luego ha ido recordando y comentando durante su largo pontificado: “El hombre en la plena verdad de su existencia, de su ser personal y a la vez de su ser comunitario y social – en el ámbito de la propia familia, en el ámbito de la sociedad y de contextos tan diversos, en el ámbito de la propia nación o pueblo, o posiblemente sólo aún del clan o tribu; en el ámbito de toda la humanidad – este hombre el primer camino que la Iglesia debe recorrer en el cumplimiento de su misión, él es el camino, primero y fundamental de la Iglesia, camino trazado por Cristo mismo” .

El fragmento más conocido del filósofo antiguo Protágoras es sin duda el que reza así: “el hombre es la medida de todas las cosas”. Más allá de otras posibles interpretaciones, esta afirmación expresa el criterio último de todo ejercicio de poder democrático.

Es en la lógica de estas verdades que adquiere una indiscutible urgencia la exhortación que Juan Pablo II dirigía a los laicos: “Para anunciar cristianamente el orden temporal, en el sentido de servir a la persona y a la sociedad, los fieles laicos de ningún modo pueden abdicar a la participación en la “política”, es decir abdicar de la multiforme y variada acción económica, socia, legislativa, administrativa, cultura, destinada a promover orgánica e institucionalmente el bien común (...). Las acusaciones de arribismo, de idolatría del poder, de egoísmo y corrupción que son frecuencia son dirigidas a los hombres del gobierno, de la clase dominante, del partido político, como también la difundida opinión de que la política sea lugar de necesario peligro moral, no justifica lo más mínimo ni la ausencia ni el escepticismo de los cristianos en relación con la cosa pública” .

Juan Pablo II nos exhorta a defender…

El derecho a la vida, del que forma parte integrante del derecho del hijo a crecer en las entrañas maternas, desde el primer momento del haber sido concebido.
El derecho a vivir en una familia unida y en un ambiente moral, favorable al desarrollo de la propia personalidad.
El derecho a madurar la propia inteligencia y la propia libertad a través de la búsqueda y del conocimiento de la verdad.
El derecho a participar en el trabajo, para valorar los bienes de la Tierra y recobrar del mismo el sustento propio y de los seres queridos.
El derecho a fundar libremente una familia, a acoger y educar a los hijos, haciendo uso responsable de la propia sexualidad.
Fuente y síntesis de estos derechos es, en cierto sentido la libertad religiosa, entendida como derecho a vivir en la verdad de la propia fe y en conformidad con la dignidad trascendente de la propia persona.
Agreguemos aquí derecho de libertad de expresión que implica la posibilidad real de manifestar “sin miedos” las propias ideas y opiniones. Consecuencia del derecho al trabajo es el derecho a un justo salario. Y el salario es justo cuando permite al trabajador cubrir no sólo las necesidades de índole material, de mera subsistencia, sino otras necesidades tan importantes o más que las materiales como son las sociales, las culturales y espirituales y el mismo perfeccionamiento dentro de su profesión u ocupación. Un tercer derecho que coopera a garantizar el ejercicio ético de los poderes del Estado, es el que exige que cada ciudadano no sea obligado o forzado a obedecer a determinadas leyes u órdenes sin ser antes escuchado directamente o por medio de sus representantes. Este derecho implica que el gobierno establezca canales de comunicación eficaz entre sus organismos y los ciudadanos, ¿Cumple con esta exigencia, nuestra Defensorías de los Habitantes?

Riesgos y Desafíos.

Un primer riesgo que el ejercicio ético del poder debe enfrentar es el de las presiones ideológicas, propias de grupos con supuesto carácter científico o religioso, y que pretenden imponer a los demás su concepción de la verdad y del bien con el peligro real de manipular al pueblo.
Las “Camarillas” Otro obstáculo está constituido por los grupos de apoyo mutuo que se constituyen con la intención de hacerse o de quedarse con el poder, no ya por criterios de justicia y moralidad sino para aprovecharse del poder mismo, no en favor del pueblo, sino de grupos dominantes restringidos que terminan mermando o inclusive usurpando el poder del Estado. Es la actitud, y con frecuencia la praxis, propia de las “mafias del poder”.
El ultrapoder de las minorías. En un contexto democrático en que se evidencia la libertad personal y los derechos podemos llegar a la situación, extraña por cierto, de que grupos minoritarios terminen con crear o fomentar una cultura, o manifestaciones culturales, de deterioro, de decadencia de valores y en definitiva de... “muerte” Pensemos al ya recordado criterio del “free choice” en Estado Unidos, o en los supuestos derechos de las parejas homosexuales equiparándose al matrimonio, o en cierta práctica de fecundidad o maternidad asistida bajo del criterio, “el hijo a cualquier costo”... Aquí la libertad democrática cae prisionera del libertinaje, por la negación de valores objetivos en fuerza de un puro y crudo relativismo.
“Politiquería” Los casos de corrupción, los escándalos de varios tipos, la falta de auténtico liderazgo, las luchas internas entre los miembros del gobierno... van creando un “hiatus“ o separación entre los encargados del ejercicio político y la comunidad civil. De ese modo los partidos luchan y se desgastan para quedarse en el poder, pero con muy poca eficacia en su supuesta dirección de la política real, llegándose así a formas de demagogia, de partidocracia, y a veces de grave ingobernabilidad.
Condicionamiento del Poder Judicial. Sabemos que la Constitución de cada País determina cómo deben entenderse y funcionar los tres poderes, el legislativo, el ejecutivo y el judicial. Este corresponde al cuerpo de jueces que presiden la administración de la justicia, y para todos ellos el criterio supremo es que cada persona es igual frente a la ley y que goza de la misma protección. El poder judicial es el árbitro supremo de la vida social y política de la propia nación y posee para ello la libertad y la autoridad para asegurar que se le pueda hacer justicia al ciudadano más indefenso. La total independencia del poder judicial frente al poder político y económico, frente a cualquier otra presión o condicionamiento, es el primer y fundamental requisito para una administración correcta y ética de la justicia. La historia, inclusive actual, nos ha dado múltiples casos de graves “condicionamientos” del poder judicial e inclusive de pérdida de verdadera libertad. Desafortunadamente los medios de “presionar” y condicionar son múltiples y súbdolos.
Ser o tener. No cabe duda, crece en nuestras sociedades la conciencia de la excelsa dignidad que corresponde a la persona ya que está por encima de todas las cosas y sus derechos y deberes son universales e inviolables. Es por eso que se oye repetir con insistencia: “más vale el hombre por lo que es, que por lo que tiene”. Sin embargo, el riesgo de tomar el éxito económico como “absoluto”, está constantemente al acecho de nuestros gobernantes.
“Nadie es bueno” (Mc 10, 17-18). Hasta aquí hemos presentado “desafíos” que podemos considerar “externos” a nosotros mismos, pero no debemos olvidar el de mayor impacto y que procede del interior de cada ser humano. Nos referimos a nuestra situación histórica de pecadores. Lo ha declarado el Concilio, en plena sintonía con la Revelación: “Lo que conocemos por Revelación divina –leemos en la Gaudium et Spes- aparece concorde con lo que nos dice la misma experiencia, ya que el hombre cuando examina su corazón, comprueba su inclinación al mal y se siente anegado por muchos males que no pueden tener origen en su Santo Creador(...) De ahí que el hombre esté dividido dentro de sí mismo. Por eso, toda la vida humana, individual y colectiva, se nos presenta como una lucha, y por cierto dramática, entre bien y mal, entre las tinieblas y la luz. Más aún: el hombre se experimenta incapaz de resistir por sí mismo, eficazmente, a los ataques del mal” . Ya el Concilio de Trento había solemnemente afirmado: “estando la naturaleza humana herida por el pecado, nacemos pecadores” . Nadie nace bueno y justo; todos estamos llamados a hacernos buenos y justos. Y el estar constituido en Autoridad, no nos exenta de nuestras malas inclinaciones; más bien lo contrario; allí los riesgos de caer son mayores porque mayores son las dificultades y las posibilidades. Se afirma justamente que “el poder corrompe”; su extraña fascinación es fácilmente seducción y con demasiada frecuencia se nos informa de mezquinas corrupciones de los “grandes” del mundo de la política.

Ante todo la voz de la propia Conciencia

“El principio, el sujeto y el fin de toda institución social, es y debe ser la persona humana” .

Este ha sido el criterio fundamental que nos ha conducido hasta aquí en nuestra exposición y es el mismo criterio que debe guiar a todo ciudadano en el ejercicio del poder que el pueblo le haya delegado. En ningún momento olvidamos que la Democracia exige un sistema político en que el Gobierno sea del Pueblo, elegido por el Pueblo y para el Pueblo, y es por eso que los responsables del mismo Gobierno deben comprometerse fielmente a lograr y defender todas las consecuencias del principio: “todas las personas han nacido libres y poseen los mismos derechos”, es decir, a todos se tendrá que otorgarles las mismas oportunidades, la misma justicia y los mismos derechos.

1. Adecuada capacitación y formación.
2. Voluntad. “Nadie puede penetrar en las Instituciones Públicas sino posee cultura científica, idoneidad técnica y experiencia profesional”.
3. Una creciente coherencia moral, entendida aquí como acuerdo y sintonía entre lo que se piensa y se afirma, y la práctica política en el ámbito de las cuestiones temporales. Es necesario que se establezca la unidad de pensamiento, de voluntad y de fe, de tal forma que la acción política quede animada al mismo tiempo por el impulso de la actitud de servicio y por la luz de la propia fe.
4. La necesidad de respetar las virtudes morales y los valores del espíritu que han de conjugarse con las realidades científicas, técnicas y profesionales.

Ahora bien, el que detiene un lugar de responsabilidad en los órganos del Estado, sólo podrá ir desarrollando y manteniendo estos valores, si con paciencia y constancia se pone a la escucha de la propia conciencia, conservando su libertad interior frente a las presiones de cualquier tipo.

El hombre es imagen de Dios, y en su conciencia se refleja algo de la misma verdad de Dios. Es por eso que los Santos Padres Conciliares del Vaticano II, aprobaron el siguiente, luminoso y reconfortante texto: “En lo más profundo de su conciencia, descubre el hombre una ley que él no se dicta a si mismo, pero a la cual debe obedecer, y cuya voz resuena, cuando es necesario en los oídos de su corazón, advirtiéndole que debe amar y practicar el bien y que debe evitar el mal: haz esto, evita aquello. Porque el hombre tiene una ley escrita por Dios en su corazón, en cuya obediencia consiste la dignidad humana y por la cual será juzgado personalmente. La conciencia es el núcleo más secreto y el sagrario del hombre en el que éste se siente a solas con Dios, cuya voz resuena en el recinto más intimo de aquella (…). La fidelidad a esta conciencia une a los Cristianos con los demás hombres para buscar la verdad y resolver con acierto los numerosos problemas morales que se presentan al individuo y a la sociedad”.

Su vida y su obra

Monseñor Victorino Girardi, actual Obispo de Tilarán, nació en Italia en 1938; es Misionero Comboniano. Realizó sus estudios filosóficos y teológicos en Roma, consiguiendo la Licenciatura en Filosofía y el Doctorado en Teología con una Tesis sobre el renombrado “Mwahimu” (Maestro), presidente de Tanzania, JULIUS NYERERE.

Ha trabajado particularmente en el ámbito de la formación y de la enseñanza, en España, en Kenia, en México y desde 1993 en Costa Rica. Ha colaborado y sigue colaborando muy de cerca con el Instituto Mexicano de Doctrina Social Cristiana (IMDOSOC). Ha sido en la Editorial de ese Instituto en que ha publicado unos volúmenes de talante social y numerosos artículos.

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